martes 30 de octubre de 2007

La Historia invisible de Mexicali

No hay que caminar mucho ni recorrer distancias enormes para comprobar que la Historia local es un asunto que interesa a muy pocos, y lo más lamentable es el olvido al que ha sido enviada en las escuelas. Resulta sorprendente comprobarlo en alumnos de Licenciatura, en universitarios que transitan o han pasado toda su vida en esta ciudad y que ignoran tantas cosas.

Mis alumnos y yo hemos salido a las calles de Mexicali, como canta Mercedes Sosa, “a buscarnos”. Hemos detenido nuestros pasos para regalarle a nuestra ciudad un tiempo que no le habíamos regresado en pago a tanto que ella nos ha dado. Nos paramos en la avenida Reforma, a un costado del ex Gimnasio Mexicali, el ex Coloso Plateado, para contemplar, ver detenidamente esas estatuas que reciben el disimulo de los paseantes. Vimos a un campesino y a un pescador que nos recordaron que hace años, los límites de la ciudad llegaban hasta ahí y que la agricultura y la pesca, eran las actividades fundamentales en esos años queridos. Reflexionamos también sobre el largo trecho hacia el desarrollo y la modernidad que se ha caminado y nos sentimos orgullosos de tantos afanes y mejores metas logradas.

Recorrimos los pasillos de la Colorado River Land Company y nos pareció escuchar voces en inglés discutiendo sobre las enormes propiedades de tierra y sobre el control que sobre los mexicanos tenían los invasores, pero se nos aparecieron también los Guillén Rentería o doña Petra Vázquez Vda. de Arellano, para reclamarnos nuestra desmemoria, nuestro poco respeto por la gloriosa gesta del Álamo Mocho.

El tiempo resultó insuficiente para el diálogo sobre la Jabonera y la Cervecería Mexicali. Tantas anécdotas, leyendas, pasajes lavados por el tiempo, la explicación sobre nuestro capital simbólico, y la manera en que todo se va diluyendo, no en un afán por detener el tiempo, ni estar anclados infinitamente a la nostalgia, sino para recordar que nuestras raíces deben ser motivo de orgullo y aliciente para seguir en la lucha.

Con paso lento dejar caer las horas sobre el Centro de la ciudad, revivir los momentos inolvidables de La Chinesca y comprender que los chinos no son solamente los dueños y cocineros de los restaurantes de comida china, sino que representan el trabajo duro, la solidaridad, la vida colectiva y productiva y el amor a la cultura madre.

Descubrir que Rodolfo Sánchez Taboada no es solamente una estatua, o que Francisco L. Montejano y Ulises Irigoyen son más que nombres de calles, sino que son nombres y hombres importantes forjadores, pioneros, visionarios y en el caso de Irigoyen, mártir, de esta tierra bendita que nos vio nacer o que nos dio abrigo cálido.

Leer, releer y volver a leer, esa placa en Compuertas, que trajo vida a Mexicali y su Valle, que abrió las válvulas del progreso y las entrañas de esta tierra bruta, dura, para hacer brotar el milagro del oro blanco y dejar innumerables lecciones del amor que por la tierra y por las situaciones difíciles tienen que pasar los hombres.

Tanta Historia Matria, tanto qué decir de la tierruca querida, tanto que le debemos a nuestra ciudad y tan poco tiempo y deseos que le dedicamos. Tanto para hablar, contar, recordar, agradecer, no en un ejercicio ciego por antaño, sino para mirarnos hacia adentro, para recorrer nuestros intestinos y de ahí llegar al corazón.

Primero la casa debe convertirse en templo difusor de esta Historia, luego la escuela. Cualquier espacio debe ser aprovechado para rescatar una parte importante de nuestra identidad, el 1903 como principio y el tiempo actual del 2004, para medir nuestros alcances y sentir nuestros faltantes. La Historia de Mexicali es una asignatura pendiente en donde todos debemos aplicarnos para que la Historia deje de ser la silente contempladora de nuestros encuentros y desencuentros.

Publicado en La Crónica de Baja California el Viernes 23 de abril de 2004

jueves 25 de octubre de 2007

DEBUTANTES

El día es diferente. Por primera vez, después de los interminables días de calor, las escenas cotidianas de verano se rompen para dar inicio a un nuevo ciclo que inaugurará un día especial: las calles parecen diferentes por un tráfico antes común y que por un tiempo se olvidó; los jóvenes despiertan sobresaltados sintiéndose nuevamente estudiantes; añorando los sueños de clase, los compañeros, los amigos de la escuela; las madres redoblan su trabajo doméstico para que nada falle.

Dentro de ese escenario, centramos los ojos en los protagonistas más pequeños, los que inician el calvario que en algunos durará simplemente muchos años y en otros, desafortunadamente muy poco. Tras una prolongada preparación psicológica de padres, hermanos mayores, tíos, abuelos y vecinos, el niño, que hace poco cumplió cuatro años, está listo para enfrentar el gran día: uniforme impecablemente blanco (idea original de la Profa. Rosaura Zapata), zapatos escolares nuevos, lonchera de brillantes colores que guarda en su interior los aperitivos favoritos del nuevo escolar y una orgullosísima madre que pasó más tiempo de lo habitual frente al espejo arreglando a su pequeño.

La cita es las 9:00 a.m. Tiempo antes, en el Jardín de Niños cercano, las profesoras lo tienen todo preparado: edificio limpio, avisos en el cerco, periódico mural en el pórtico dando la bienvenida, vistosa decoración en cada salón producto de los ratos de ocio durante las vacaciones y, lo más importante, un nuevo reto del que, seguramente, saldrán victoriosas.

Y así como la profesora maneja mil ilusiones, la madre también imagina a su pequeño convertido en un gran profesionista, médico, abogado, o quizá tendrá una de esas profesiones de moda como ingeniería en cibernética. Por lo pronto espera que la mañana termine para recibir el premio a su esfuerzo, el primer trabajo que su hijo realizó en el salón de clases y que casi seguramente no llegará a sus manos.

Es el momento, el niño convencido de su destino camina hacia el Jardín. Ya le es familiar, veintidós veces durante el verano pasó frente a él y escuchó: “esta será tu escuela muy pronto”, pero no es tan fácil. Una profesora vestida de blanco (también idea original de la Profa. Rosaura Zapata) le da la bienvenida en la puerta, lo invita a pasar y en respuesta recibe un desgarrador grito anterior al llanto, se siente solo, abandonado, traicionado por su madre que también está a punto de llorar y por un momento duda dejarlo; el llanto continúa, ahora es más fuerte y acompañado de golpes y puntapiés que la educadora recibe resignada. Es parte del ritual. La clase se inicia ya ante un coro de llantos y lamentos pidiendo a cada instante a su mamá, que tras varios días se verá reflejada en un rostro diferente, jovial, paciente, que pronto le será tan familiar como el de la madre misma.

La profesora no logró el objetivo del día en el área cognitiva y el área motriz, pero sí pudo comunicar y comunicarse con treinta niños al iniciarlos en el logro de su autonomía, el desarrollo de su creatividad, el conocimiento de sus capacidades corporales, motoras, de relacionarlos con el tiempo y el espacio, con los objetos y la naturaleza. Todo principio es difícil y más si los debutantes tienen cuatro años.

A UN VIEJO MAESTRO DE UNA ESCUELA RURAL

Ya se habían cubierto todas las materias del plan de estudios. Los adultos aprobaron el pase. Los guías mayores testimoniaron que las alas tenían ya la suficiente solidez y madurez para emprender el vuelo.

Primero fue la observación escolar, luego vinieron las prácticas semanales para tomar la responsabilidad de los primeros alumnos, los primeros hijos ajenos. En el último año de estudios las primeras dudas sobre la certeza en la elección de la profesión, aparecen. El camino se hallaba franco. Una escuela para él solo. En la maleta iban Pestalozzi, Carlota Buhler, Kerschensteiner, los grupos móviles, los procedimientos globalizadores, la educación activa, la Colonia Gorki, el Summerhill y lo imprescindible: sueños para revolucionar la educación. Nadie pensaba siquiera en la comunidad de la gran escuela de la ciudad o el confort urbano.

México necesitaba entonces como hoy de sus hijos en los lugares más apartados. Los maestros viejos-experimentados-duros-paternales-amorosos-sabios, habían repetido incansablemente y con todo el eros pedagógico durante tres años la lección parchada: no entre al magisterio quien no tenga sentido del humor; el maestro debe colgar sus problemas en la puerta de entrada del salón de clases; el maestro es el espejo de su comunidad; lo que el maestro haga, harán sus alumnos. La tierna mixtura del Manual de urbanidad y Buenas Costumbres y el Imperativo Categórico kantiano.

Marcha alegre y con la frente en alto maestro, la comunidad espera tu acción bienhechora. El progreso de los pueblos se halla en tus manos maestro. Cuando llegues a tu lugar de trabajo busca inmediatamente al comisario o al representante de la comunidad para que él se encargue de convocar a los padres de familia a una reunión para que te conozcan, para que sepas quién te dará alimentación y hospedaje. Muéstrate amable, inspírales confianza desde el primer minuto, no agredas a nadie, la primera impresión es la que cuenta; ellos son gente sencilla, utiliza palabras que entiendan, no parezcas pedante.

Luego aparece el salón de clases y tus alumnos, la prueba definitiva para que demuestres lo que aprendiste. Y llegó el primer golpe, pues tus alumnos aparecieron descalzos, sucios, desabrigados en invierno y sin comer. Te volvías loco para que la letra no entrara con sangre. Convocabas a los centros de interés, a los proyectos, a las unidades de trabajo, al sincretismo, a la correlación, pero no respondían a tus ruegos. Tus noches se volvían eternas entre la impotencia y las lágrimas. La planeación y la organización no resultaban porque tus alumnos no asistían a clases para irse al campo a ayudar a sus padres y poder comer maíz siete meses del año. Tú no les ofrecías alternativas mejores. Sí señor profesor, lo que usted dice es cierto, el muchacho necesita la escuela y nosotros necesitamos comer, ¿qué hacemos?, déme una buena solución. Y tu respuesta no aparecía porque un cuerpo cansado por una larga y agotadora faena, lo que menos quiere es escuchar lecciones machaconas. No pudiste refutar su lógica aplastante, eso no te lo enseñaron en la Normal.

En libros de Didáctica, de Ciencias de la Educación o de Psicología no aparecían lecciones acerca de cómo enseñar a niños en ayunas que se dormían por el hambre sobre el viejo mesa banco. Fuiste llenado tu alforja de desencantos y terquedades. Buscabas por aquí y por allá. Te abasteciste de paciencia y constancia para tomar un lugar entre la gente de la comunidad. Empezaste a escribir tu propio libro sobre la educación. Creaste técnicas nuevas y cuando concluías un proyecto deseabas que tus viejos maestros estuvieran ahí para que se sintieran orgullosos de su alumno. Terminaste tu misión en la alejada serranía y te fuiste a la montaña, a la costa y al altiplano dejando como herencia la palabra nueva, para ellos antes desconocida. Tu huella no la borró nada ni nadie. Todavía el viejo letrero de la escuela tiene tu nombre. Los grandes te recuerdan con cariño. Los jóvenes te incluyen en sus proyectos.

Cuando te encuentras con tus ex alumnos no les comentas cómo te ha tratado la ciudad, no les platicas que has cambiado, que eres otro, uno más entre un ejército; que has sido derrotado por el más fuerte en la selva urbana, que te venció la rutina, la cosificación y que hoy eres un sólo un repetidor.

El libro de la naturaleza que tú abrías a diario se volvió un libro con hojas de papel saturado con mensajes que no tienen sentido. Has pasado los últimos años de tu compromiso como educador pensando en tu primera experiencia, cuando llegaste a tu primera escuela y el viejo maestro al que ibas a sustituir te inspiró una gran lástima porque era un maestro tradicional. Hoy pagas lo que hiciste en la ruleta loca de la vida que todo se cobra.

Tus alumnos de la escuela urbana se ríen cuando les platicas tus experiencias. No te entienden. No se entienden. Tu lenguaje es difuso. Repites sin cesar la vieja historia del maestro misionero y apóstol, pero a tus antiguos alumnos no les platicas la verdad, lo que te ocurre. Les dices mentiras que ellos comprenden y callan. Caminas con la muerte en el corazón rumbo al salón equipado y sueltas frente a un grupo de desconocidos las palabras que otros pensaron por ti y yo, al fondo del salón de clases, en el último asiento, descubro tu secreto, desvelo lo que ocultas y también callo. Doblo mi cabeza tratando de escribir algo, una lágrima cae sobre la hoja, lenta y dolorosamente escribo: ¿por qué dejaste tu escuela rural?

FANATISMO, EROS PEDAGÓGICO Y CAMBIO

Despertaban los sesenta, la década del tumulto y el cambio, marcada por la masacre en Viet Nam, los movimientos estudiantiles de Francia y México, el Black Power levantando el puño negro por el podium de los vencedores en los juegos olímpicos, la vida en las comunas entre flores en el pelo y las pinturas psicodélicas, los monstruos de Liverpool señalando un camino por el que pocos han vuelto a transitar con unos Strawberry Fields para siempre, el loco de Andy Warhol robando espacios para mostrar su enfermedad creativa, el viaje a la luna, los amores y muertes de los Kennedy. Bob Dylan, Joan Báez, Allen Ginsberg lanzaban junto con un enorme ejército la contracultura. Niñita y Fidel robaban cámara con sus desplantes teatrales. Martin Luther King frente a doscientos mil defensores de los derechos civiles en Washington gritaba: tuve un sueño. Woodstock o Avándaro. Los Kennedy o Nixon, López Mateos, Díaz Ordaz o Echeverría. En México, el ritmo no era tan fuertemente descompasado; en la educación, como anhelo de siempre, surgía una nueva esperanza.

El Plan de Once Años se volvió eterno, nunca tuvo fin pero su inicio abrió esperanzas diferentes. La solución llegaría en once años y para que esto ocurriera, los cambios tendrían que doler, ser radicales. Aparecen dos experimentos riesgosos: los Centros Regionales de Iguala, Guerrero y Ciudad Guzmán, Jalisco.

Los nuevos misioneros de la educación, durante tres años se armarían con el arsenal ideológico que los prepararía para combatir as fallas tradicionales y los volvería verdaderos promotores del cambio en sus comunidades. Ciudad Guzmán o Zapotlán El Grande, se volvió la babel provinciana que recibía a miles de jóvenes mexicanos de todos los rincones del país. Una beca de doscientos pesos mensuales y lo último en preparación de docentes eran los atractivos primeros, luego estaba el de conocer otros lugares, otra gente y tener una profesión asegurada al término de la carrera, aunque fuera de profesor.

Las casas guzmanenses alojaron a los futuros maestros a cambio de cincuenta pesos mensuales, lo que dejaba cincuenta pesos para los gastos menores y mayores, sobre todo para los que no recibían dinero de sus casas. Desde el primer día los problemas comenzaron. La aureola de comunistas surgió inmediatamente en el pensamiento de los guzmanenses fanáticos, ignorantes y sectarios que así calificaron una actitud totalmente ingenua de los normalistas.

En Ciudad Guzmán los sacerdotes, cuando salen a la calle, lo hacen acompañados de otra persona que va tocando la campana y a su paso, todas las personas se hincan. Pocos, por no decir ninguno, de los normalistas habían visto ese ritual en sus pueblos y por tanto no lo realizaban, cuando mucho se paraban a ver lo que ocurría. Otra conducta muy común era que a las siete de la noche las campanas de la iglesia sonaban y todo mundo, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo, se hincaba, rezaba y luego volvía a su anterior actividad. Como es de suponer, los normalistas tampoco hacían esto. Las consecuencias vinieron después. En los sermones estuvieron plenamente marcados. Muchos que tenían la costumbre de asistir a misa los domingos, dejaron de hacerlo por la incomodidad que sentían al escuchar al padre condenando injustamente a los normalistas.

Los encuentros deportivos entre los normalistas y los de la ciudad eran verdaderas batallas, el crujir de los huesos de Cañas, el medio campista del Centro Normal, cuando arteramente fue fracturado por un defensa del equipo Canadá, todavía se escucha.

Con la sombra de José Clemente Orozco, Juan José Arreola, Consuelito Velásquez, Gordiano Guzmán, rescoldos de una guerra cristera que no terminaba, planeas de estudio reformados, maestros cumpliendo sin conocer a fondo las metas a lograr, muchachas lugareñas que buscaban a escondidas de los padres formalizar relaciones con los normalistas, rumores asesinos como aquel de la casa de citas atendida por compañeras de la Normal, bailes amenizados por Mike Laure y sus Cometas con Chelo como solista, excursiones a escondidas a Manzanillo, Colima o Atenquique porque nos parecía un lugar de los alpes suizos. La vida normalista transcurría entre la voz cavernosa del caballeroso maestro Noceda Barrios, del impasible director Alfredo González Vargas, de Landeros como tratante de blancos ofreciendo a Chavira, Gil y a Barajas, lo mejor del grupo mayateril de nuestros compañeros, la selección de básquetbol donde sobresalían Sepúlveda, el Tarolas, Lepe, Nieves, o la de béisbol donde el profesor Víctor Macías desempeñaba un papel muy triste al lado de Fredy Monforte, Puga, el Zurdo Salazar y los colores del Centro Normal Regional siempre entre las estrecheces económicas y el gran valor de una amistad que desde entonces ha sobrevivido. Esa fue la gran lección de las normales: formar lazos de amistad que no han sido debilitados por el tiempo ni por las distancias.

Rumores de que varios de nuestros maestros asediaban a compañeras, versiones comprobadas de que lo lograban, embarazos prematuros que fueron motivo para abandonar Ciudad Guzmán y su Normal. Idas a los centros nocturnos a recoger a algún maestro que no había podido vencer al licor o visitas a la cárcel para sacar compañeros que injustamente habían sido privados de su libertad o llevados ahí por faltas a la moral y los difíciles intentos por aprehender las teorías de tanto pedagogo que a la hora de la verdad mostraron toda su inutilidad. Veíamos a Juan José Arreola llegar a la Normal, pero hasta mucho después supimos que era aviador y sólo se presentaba a cobrar su quincena; a veces tardaba un poco porque jugaba una partida de ajedrez con alguien que se había atrevido a retarlo.

Días felices en que con las cartulinas iluminadas, el material hecho durante la noche anterior y con el plan de clase bien elaborado nos presentábamos a practicar a una escuela en donde la maestra nos había asignado un objetivo dos meses atrás, o donde los maestros se retiraban de la escuela para tomar un refresco mientras nosotros mostrábamos nuestra gran inmadurez e incapacidad para detener aquella turba de soldados anticomunistas y adoradora del señor San José.

Abrimos escuelas organizadas enteramente por normalistas, supervisadas por la maestra de Didáctica, nuestra querida maestra Graciela Mascorro de Figueroa, a quien nunca comprendimos en su decisión de tomar como compañero a alguien que no sentía el mínimo interés por el magisterio. Estaba dentro de nosotros el virus del eros pedagógico, el germen de la mística y la vocación que nos heredaron los maestros de la gloriosa escuela rural de principios de siglo. Rafael Ramírez nos perseguía a todos lados y nos llamaba la atención cuando nos dedicábamos más a los tiempos de baile o paseo y olvidábamos las vibrantes lecciones que nos llevarían a ocupar el lugar mejor dentro de los educadores mexicanos de la nueva generación influencia positiva. Nos llena de orgullo decir que nuestras modestas escuelitas tuvieron una gran demanda superando a las ya establecidas; y de nuevo llegó el enfrentamiento cuando los desplazados nos acusaron de estar impartiendo educación comunista, del comunismo convertido en el fantasma que no deja de recorrer el mundo y parece vivir definitivamente entre los ignorantes.

Preparar grasa para zapatos, jabón de creolina para curar heridas de animales o gises, eran tarea sencilla bajo la mirada gachupina de Eugenio Suero, del que nunca supimos cómo llegó a Ciudad Guzmán desde España; escuchar las soporíferas clases de la araña González Arellano; observar cómo una cosa blanca y babosa salía de la boca del maestros a quien apodábamos la lavadora; reírnos con los desplantes bélicos del chaparrón Bazán que se proclamaba campeón de box; las fanfarronadas sin fundamento de Solio Rosas o los suaves modales de una Otilia González explicando la política educativa. Largo es el inventario de nuestra vida en la Normal, tanto es lo que se tiene que decir y escribir sobre la vida oculta de una escuela y tan poco se dice.

Los pasos nos llevan de nuevo a Ciudad Guzmán y sólo los fantasmas salen a recibirnos. Las paredes de nuestros salones se hallan horriblemente pintadas con un color que enferma, los rostros son extraños y no escuchamos rumores de voces amigas. Es necesario regresar para escupir desprecio a los que dañaron a inocentes. Nada de perdonar lo que se puede perdonar. Aunque nos crecieron con el castigo, el dolor sigue y la herida todavía sangra. No es cuestión de rencores, es cosa de deudas pendientes. La educación se vuelve el objetivo central de los enfermos de nostalgia que disparan dardos venenosos contra los que nada saben del ayer. Y hacen daño. Hieren. Golpean mortalmente pero no dan el golpe definitivo, qué bueno.

La generación normalista de los sesenta es quizá el último vestigio de un intento planificado por dar al maestro su justa dimensión, o como dice un escritor reciente, de devolverle al maestro la manzana que perdió. Nada importa ya el dolor, esa generación está a punto de jubilarse después de dedicar treinta años a fabricar espíritus y antes que otros, nosotros, con toda honestidad decimos que hemos cumplido, que no robamos el dinero del pueblo por corruptelas, que dimos hasta el último de nuestros esfuerzos y las comunidades pueden dar fe de lo que aquí se asienta.

Todo resurge entre el ritmo de Enrique Guzmán, los Vétales, los Rolling Stones, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, los Dandys, que el canal 58 de Guadalajara enviaba para los normalistas de Ciudad Guzmán. Aparecen entre nubes el Nevado de Colima, los portales, el Jardín, los templos, las beatas, los ponches de granada, la cuáchala… Ciudad Guzmán, Zapotlán El Grande de los borrachos primero, después de los comunistas; y se quieren reconciliar con nosotros. Criados en el espíritu del perón y del amor a nuestros semejantes tenemos que decir que los perdonamos, pues no tiene caso ya herirnos más con las armas del pasado; porque las nuestras, la palabra, el pizarrón, el gis y el libro sólo producen heridas de luz de conciencia y orgullo por ser maestros rurales o urbanos, pobres o miserables pero la decisión se tomó para asumirlo así, no para fincar un cielo en la tierra.

martes 23 de octubre de 2007

POR ESTAS CALLES CENTENARIAS

Hay lugares que siempre recordaré, toda mi vida.
Algunos han cambiado para mejorar pero otros no.
Unos se han ido, otros permanecen.
Todos estos lugares tuvieron sus momentos,
con amigos y amores a los cuales todavía puedo nombrar.
Algunos ya murieron, otros viven.
Pero en mi vida, yo los amo a todos.

In my life
Lennon & Mc Cartney

Nunca pasó por allá la calandria amarilla, la torcaza o la paloma mensajera que en sus piquitos llevaran una rosa de castilla o un papel que me hablara de Mexicali. Las buenas nuevas llegaban a través de mi hermana mayor, dueña de la mejor tienda de abarrotes en los 60's, que se hallaba por la Obregón y la B, conocida como La Sin Rival. Cuando las feroces lluvias lo meten a uno en sus sueños, yo a un lado del Río San Pedro, con los brazos cruzados sobre las rodillas y la vista perdida hasta el norte de México, sólo pensaba en que algún día, personalmente tendría que comprobar cuánto de lo que la hermana contaba era cierto.

La vida, el destino fausto e infausto, me llevó por tantas rutas, pero ese sueño no moría, saltaba cuando menos lo pensaba. Las decisiones importantes fueron tomadas pensando siempre en la meta final: Mexicali, en ese mundo que luego comprobé, tenía que ver muy poco con mi pueblo. Algunas cosas tardan más que otras en llegar y cuando el tiempo llegó, no dudé en salir de aquella selva que de tanto verde duele, de tanta tierra negra y húmeda y de tanta prodigalidad de la naturaleza con sus hijos, piensa uno en dejar, sobre todo cuando el panorama por venir no era para decir: voy a la felicidad total.

Violeta fue a despedirme a la terminal de autobuses y me regaló una petaquita para que ahí fuera guardando las penas y pesares. Del otro lado del puente no tenía una barca en unión ni me esperaba tampoco la embarcación que por vía ligera me traería aquí.

El trueque fue demasiado fuerte. En aquel agosto del 75 entramos a las calles de Mexicali recibidos por ese olor, que no he podido olvidar, el de las semillas convirtiéndose en aceite, por esas torres humeantes, por un polvo silencioso y casi invisible que desde entonces se nos sigue metiendo al cuerpo y al alma.

Volvimos la vista hacia atrás para comprobar que no habíamos quemado nave alguna, que lo pasado ya se había marchado y que ahora habría que transitar por la vida, la historia y las aventuras de lo que estábamos seguros sería nuestro último puerto.

Entramos por la ruta del amor que es la del arraigo. Llegué con la amapolita dorada de los llanos de Tepic, con la Flor de Garambullo de Sinaloa y la Flor de Capomo tomada en Sonora, todas cortadas al amanecer. Tarde canicular que no muere. Tiempo que sobrevive al olvido.

Abordamos el nuevo tren para ir recorriendo las nuevas rutas. Nuestra primer parada que en la Pro Hogar, esquina de Luis de Velazco y Río Sinaloa. Raza brava, esquinera, pasados, viviendo arriba, nada que ver con el pueblo ingenuo, párvulo y campirano. Otra historia empezaba.

Se inició entonces la recolección de las historias que no han parado. Ese primer contacto con la cerveza Mexicali fue inolvidable. A cambio de las docenas de tortillas de harina, nos regalaban una cubeta del # 20 de la cual no permitíamos que ni siquiera la espuma se desperdiciara, y el caballeroso Señor Gaxiola, funcionario de la empresa nos abría las puertas a ese paraíso. Ese regalo de Dios nos duraba un suspiro y ahí la Reina de Cosalá, nos enseñó la vida que si es vida, es decir la buena vida, porque la otra, no es vida.

Abrimos las puertas de tantas cantinas, congales, bares turísticos, cafés cantantes, hoy eufemísticamente antros y en todas sólo levantamos amigos. Gastamos las horas necesarias con aquellas generosas damas recién llegadas de otros lugares que venían a ocultar su deshonra pueblerina, sus amores frustrados o su búsqueda abierta de dineros.

El Molino Rojo, La Mina, Los Tres Ases, El Platanero, El Cid, La Selva, el Mónaco, todos los de la Once, ninguno quedó sentido, proles y cremas, lumpen y burguesía desapareciendo en un tarro escarchado o en un escocés derecho. Terminar la noche vestida de neón en el Marianas con machaca o en el Chapultepec con los tamales enormes con una pieza completa de pollo sin esteroides. Desde entonces la noche es mi mejor amiga. La buena vida, la vida loca se nos aparecía por donde íbamos y nos fue llenando de historia mexicalense, de hombres ignorados y de héroes desconocidos, casi todos explotados por la maquila.

Esas rifas en el Mustang de la F que incluía como premio a Martha la Diosa de la Noche Cachanilla, el servicio de bebidas y hotel todo por los cien pesos del boleto. Seguir a la Dolly Magali en Los Pepes para luego verla convertida en Jésica Muriel en El Dorado. ¡Ay Vivián Martel!, la Cobra, loca, loquísima, soltando todos los demonios de la lujuria y del pecado, cuando las notas de la guitarra de Don Henley volaban a los cuatro vientos llenado a Mexicali del Hotel California.

Bohemia inigualable de horas gozadas minuto a minuto, en donde aquellas noches del pueblo que se duerme a las ocho de una noche tinta en estrellas, fueron cambiadas dramáticamente por amaneceres sentados en banquetas de la Nueva o del Villafontana nada más para decirle a los hijos predilectos de Dios, del tremendo desperdicio que estaban haciendo con sus vidas, el placer brotando por todos lados y ellos dormidos.

Empezó la marcha hacia la carga de historia. Los domingos al Michoacán de Ocampo, a Cerro Prieto, a Seeley, al Fed Mart, al Kress, a las Dunas, y a coleccionar nombres y sucedidos. El Martin muerto por sobredosis a los 16 años, el Daniel que se quedó arriba desde entonces, el Gandhi, el brutal desalojo de los comerciantes en El Caballito por gobiernos represores y fascistas que no mueren pero si matan. Augusto Hernández Bermúdez que nos enseña diariamente que la vida no hace alto en ningún lado y que nadie la para.

Imposible olvidar a mi hermano Miguel Córdova viejón niño despachando en El Obrador. A Marciano Romero contando sus noches de gloria al lado de Jack B. Teeney. A esa anciana que en la esquina de la Justo Sierra y la Madero me regalaba el mundo en periódicos y que un carro maldito se la llevó. El Blanca Nieves. A todos los que llegaron a mi puerta a pedir algo para volver a su pueblo porque la migra los había sacado nada más con lo que traían puesto. A Manuel Rojas que me permitió demostrarle que la amistad existe sin condiciones. A los Norzagaray amigos queridos que adornan sus cultas pláticas con leperadas, chilorio, coricos y biscotelas.

Impresionante ver a Ronald Reagan bajar de su helicóptero en el Centro Cívico el 3 de enero de 1986. La baba corrió a raudales. Ese temblor de noviembre del 87 que desgració entre otras cosas, al Edificio Monte Albán, hizo olvidar al del 82. Estuvimos en la Colonia Hidalgo invadiendo junto con la profesora de todas las invasiones y seguimos a Javier Salivie el amigo Pitufo por la Robledo en donde comprobamos que ser invasor es un asunto muy serio y de muchos sacrificios. Lindo haberlo vivido para poderlo contar.

Y salgo a mirar a mi ciudad para buscarme, tomo de inicio mi Cuauhtémoc Sur que siempre ha rifado, paso a la Justo Sierra, de ahí a la Colón donde ayudo a mis hermanos a brincarse la cerca, en el parque de los Héroes de Chapultepec veo que los panistas no han descifrado el significado de su monumento si no ya lo habrían destruido. Me invitan a descabezar a Cristóbal Colón, y quiero de nuevo darle un beso, todos los besos, a la entraña de Mexicali.

Y en recuerdo de aquellos años lloro al recordar a La Chinesca en donde mis bellas gordas esperaban a la subida de la escalera del hotel de última muerte y ver lo que la modernidad hizo con ella. Pero recapacito en que no tiene sentido llorar y que la nostalgia es asfixia innecesaria. Mis amigos del Tiki me dicen; pa que son pasiones, si al cabo el amor se acaba.

Estoy con mi amigo Juan de Dios inaugurando el Gato Negro con sus dos pistas de baile y sus brillantes globos de cristal plateado que no paran de dar vueltas, diez pesos por pieza bailada, pero entonces el dinero si alcanzaba.

Un inventario incompleto aparece. Tacos de carne asada, Lupita Jones, Charlie Sands, la inútilmente sacrificada Margarita Ortega, Gilberto Román, el Carmina en donde el Quichicho Cota me llenó de tangos que ya nadie canta, Ernesto Rufo, la Reforma y D escuchando al Doctor Gastón H. Salazar con historias increíbles o a los hermanos Edmundo y Antonio Banuet que me contaban que la fiesta cívica más importante de principios del siglo 19 era el dos de abril, El Maromero Páez, imposible guardar todo en la petaquita de mi Violeta.

Agradezco de pie y con respeto a los maestros de mis hijos, la profesora de nombre y de hechos Angelita Vacas, la siempre combativa Yolanda Sánchez Ogáz llevando de la mano a sus hijos prestados a las entrañas de México como pollitos al arroz, al Profesor Cuellar, a mis admirados maestros Miguel Cruz, Higilio Álvarez, al caballero y patriota Antonio Puente. Ninguna lista de presente es suficiente para nombrarlos y sé que Mexicali está en deuda con ellos. La historia matria a veces se convierte en brincos y desorden, en olvidos imperdonables, no puedo evitar caer en ello. Pido perdones. Y canto con Mercedes Sosa, por estas calles centenarias se astilla mi canción, miseria estás muy fea, miseria qué pasó, no dejes que te vea mi espejo de cartón. Ante la terca insistencia de mi pareja de tener rosales, orquídeas, tulipanes o gladiolas en la casa, Brenda, Karla y Eliud le dicen, de donde sacamos flores, si no hay ningún balcón, de donde sacamos flores si nadie las plantó.

En estos cien años llenos de niebla somos la gente doble que dice Albert Camus, que seguimos en donde nacimos y morimos a diario aquí atrapados por los recuerdos. Siempre aferrados a la esperanza interminable digo, rumbo a la cosecha, cosechero yo seré, y canto entre copos blancos fantasiosos. En recuerdo de los pioneros, con manos curtidas dejaré en el algodón mi corazón, mojado de luna y de sudor.

Tengo tiempo ya declarando mi amor a Mexicali, cada catorce de febrero, mis hijos, mis amigos lo saben, no me oculto, lo escribo en las paredes de mi ciudad, hoy llena de vías rápidas, de bulevares, con nombres impuestos por el mayoriteo pero ayunos de méritos patrióticos, con el rostro de la posmodernidad, con el traje invisible del cambio, y en la soledad de las bancas de la Mater Dolorosa o de la Infantita María, hoy que definitivamente he plantado mi estandarte en este solar, murmullo en voz alta, porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy, por todo y a pesar de todo, yo quiero vivir en Mexicali.

lunes 22 de octubre de 2007

ESTA VIDA DOLIENTE Y PEREGRINA

El trompo, el yoyo, la perinola, la rueda de la fortuna, igual que la vida, giran y siguen girando. Arriba, abajo, se vuelve al mismo lugar, se retira un poco para caer en donde empezó. Y uno de mis lectores dice que la historia no se repite. Bueno, ojalá que para él así sea, al menos en las historias negras y malas.

Volvió el agosto de los exámenes de selección, que no de admisión y de los rechazados que son los que importan. Los que pasaron la aduana ahora falta demostrar que merecen realmente estar en donde los rechazados no podrán estar.

La guerra es de los padres de los rechazados que esperarán horas y días, hablarán hasta con las paredes pidiendo un lugar, es el tiempo en que los directivos se sienten lo que no son, los que cierran la puerta para que no entren los que quieren entrar.

Ya están aquí de nuevo los padres de familia con la vieja canción de antaño, ésa de los pagos "voluntarios" en las escuelas. Que la escuela pública es laica, gratuita y obligatoria, dice un papel que nadie respeta, menos cumple. Y los padres oyendo el canto de las sirenas, con razón no quieren pagar lo que el Gobierno debe pagar, o sea, el mantenimiento de las escuelas, estos templos del saber que sobreviven por la generosidad de los padres y por nadie más.
En unas dos o tres semanas, esto será historia olvidada y a esperar el siguiente juego de temporada en donde los veremos de nuevo.

Y siguen llegando los recibos locos, por primera vez este ‘columnautor’ tiene que pagar 4 mil pesos, con una dieta rigurosa de cuidado de aparatos, racionando su uso, evitando que quede encendido algo. Eugenio Elorduy me ha fallado de nuevo al decirme que no iba a pagar de más, igual que le dijo a todos los mexicalenses, no le hace don ‘Yuyín’, al cabo que ya falta poco para que el calor se vaya.

Usted siga dando declaraciones lindas de bonitas. Nosotros nos quejaremos en verano, no nos harán caso y para el próximo volveremos a lloriquear como mujeres lo que no podemos defender como hombres.

Los patrones de la moral dicen que en las elecciones con un voto de diferencia se gana o se pierde, correcto, yo digo, con un voto sucio e indebido que tenga uno de los candidatos, la autoridad moral se mancha con la mancha negra de la inmoralidad.

Empieza ahora una triste historia que tendrá que repetirse porque la rueda de la historia no está quieta nunca. Va a tener que llevar una cruz pesada el que gane, que ya sabemos todos quien será, al menos yo no tengo duda alguna de que no será mi candidato.

Importan más en estos momentos la boda de Juan Osorio, la caída del matrimonio de Ana Bárbara y el ‘Pirru’, la uña mordida por un león a Monserrat, el olvido de Hildebrando y los Bribiesca, los tiburoneros de San Blas, Nayarit; la aprehensión de ‘El Tigrillo’, los incendios de España, las inundaciones en Estados Unidos, el candidato pripanista en Chiapas, el libro de Biología, los ‘miamicubanos’ gritando de júbilo por la muerte de Fidel, las inocencias de Raúl Salinas y Arturo Montiel, la invisibilidad de Madrazo (¿dónde andas Roberto?), las mayoriteadas de los empleados más caros e inútiles que tenemos en los Congresos y una larga lista de cosas y sucedidos que hacen de nuestra vida un camino de espinas y lágrimas, sin que nadie nos haya pedido permiso para este martirologio.

Hoy no tuvimos las marchas, tomas, tomatazos o cierre de garitas por las altas tarifas de luz, tal vez porque una de las cabezas ya cobrará muy bien por no resolver el problema, o quizás porque los líderes se cansaron de no ser seguidos por muchos.

La gasolina cara ya no es tema de preocupación, la inseguridad tampoco, lo que importa es lo que nos tengan que decir Loret de Mola, López Dóriga o Alatorre sobre esos salvajes, rupestres y cavernícolas que acampan en donde no deben, dejando sin ganancias de millones a 20 y sin unos pesos a millones.

No, si de que la vida es infausta y canija sí lo es; de que es doliente y peregrina, también lo es, pero qué haríamos sin ella, sin escuchar al Chatonor en la Basílica, a Vicente con sus profundas disquisiciones sobre la democracia; a Ugalde sobre la transparencia, a las tribus desatadas peleando por sus bajas pasiones sin que les importe México. ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Mejor mancos?

Columna ZONA LIBRE- Publicada el Viernes 18 de agosto de 2006 en LA CRÓNICA DE BAJA CALIFORNIA

EL SILENCIO ES LA VOZ SUAVE DEL DESIERTO

La carretera era una larga lengua gris humeante. Una enorme línea recta se alzaba hacia una empinada cuesta coronada por los rojos y amarillos más lastimadores que en ese desierto aparecían.

Penosamente el viejo automóvil ascendía y nosotros esperábamos que apareciera por ahí un grupo de extraterrestres, fenómeno común a todos los viajeros nocturnos, pero definitivamente nos habíamos adelantado a las horas en que los hombrecillos verdes con antenas y las naves plurialumbradas detienen los relojes y callan a La Rancherita del cuadrante.

Los cactos hacen volar la imaginación y nos topamos de repente con un gigante de brazos abiertos, hasta que una lagartija patas largas nos saca del ensueño. Todos los grises del mundo se dan cita en la tarde-noche y el ánimo se viene abajo. La plática con el compañero de asiento se pierde en el vacío desértico de una paz muda y sorda. Alambres de púas, mohosos y retorcidos, son la señal de que alguien anda por esos lugares sin pensar en las noches estrelladas en las que se puede hablar directamente con las nubes y pedirles que se lleven los deseos a la playa para dejarlos caer ahí, sobre la barcaza destartalada de unos pescadores pobres.

El mar se ve al final de las dunas. No hay mar ni espejismo, es el ansia de llegar o por salir tarde del paisaje que tanto emociona a los poetas urbanos que nunca han pasado una noche en el desierto, pero que poseídos por la droga alucinatoria, lo pintan al natural. La poesía cubre las tardes-noches del desierto sonorense que retiene al viajero, que se dilata en llegar a Mexicali en un continum que mantiene en slow motion las horas.

Huizaches, piedras bolas no cacarroñas, botes de aluminio y basura, acompañan los letreros que marcan los kilómetros y los escasos nombres de poblados que nadie sabe cómo están ahí. El mapa no apunta hacia algo. La nada es lo esencial. El vacío se vuelve la categoría dominante. Se aparecen entonces las cargas de teorías posmodernistas, con nombres griegos e ingleses, para explicar la vida de la calle y la muerte de la ciudad.

Queda la alternativa del lugar sin agua, el de la vida milagrosa, porque el oxígeno enrarecido se tiñe de negro. Nadie quiere tomar esa puerta de salida.

El desierto, ni pide ni quita. Tomo entonces un puño de la arena caliente y ayuna de afecto. La juego de una mano a otra y el calor cambia en agradecimiento, al tiempo que le regalo. Todo es gratitud entonces.

La comunidad estalla en la tierra deshabitada. Un descanso espiritual vuelve al cuerpo fláccido. Toda la película corre en un ritmo loco e incontenible, yendo en vaivenes lentos que se sitúan en la infancia, al lado de los viejos queridos, a los que espero ver a solas aquí en el desierto. Volteo hacia todos lados, pero no hay aparecido alguno. Otra vez a la depresión, hija de la nostalgia y el recuerdo doloroso.

Luces en la lejanía, indican que es la hora de olvidarse del desierto. Un enjambre brillante falsea intermitentemente para pedirme que pare la loca furia desbocada de revivir el pasado, y del ensimismamiento. Detengo el carro al entrar al boulevard. Sentado sobre la cajuela, doy la espalda a la ciudad que me confundirá con todos, a la ciudad que me hará uno más de miles, y vuelvo la vista a la plancha extensa de arena para despedirme de mi individualidad momentánea, pues en unas horas más, volveré a ser el neurótico urbano que lucha contra los demás. La maldita depresión se mete de nuevo en nosotros. Entiendo entonces que el fin del hombre es la soledad, con rabia hundo el pie en el acelerador y una sirena aúlla junto a una luz roja para pedirme que me estacione adelante. Definitivamente, el desierto quedó atrás...